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Foto: Peter Roberts, bajo licencia CC BY 2.0 (https://flic.kr/p/6BxNWG)

A partir de una revisión de conceptos básicos acerca del espectro electromagnético y su gestión, este artículo explora algunas diferencias entre las nociones de “espectro libre” y “espectro abierto”, con el fin de comprender los desafíos relativos a la libertad de expresión en el siglo XXI.

La invisibilidad del espectro

Hoy resulta difícil imaginar algo más ubicuo que el espectro electromagnético. Se encuentra literalmente por todas partes. No sólo en el espacio que nos rodea. El espectro no es algo externo a nuestros cuerpos, sino una modulación que nos atraviesa y en la cual estamos literalmente inmersos. 

En la práctica, sabemos que su uso para telecomunicaciones es imprescindible para diversos flujos globales y locales de la sociedad. Si no hubiera comunicaciones a través del espectro electromagnético, no tendríamos celulares, GPS, Wi-Fi, radio, televisión, controles remotos o Bluetooth – por citar sólo algunas de las tecnologias más conocidas. Cuando usted atiende una llamada o se conecta a internet a través del celular, mira un programa en la TV, escucha la radio, o consulta su posición mediante GPS, usted está transmitiendo informaciones a través del espectro. 

Es, sin embargo, extraño que este ubicuo espectro siga siendo invisible en las discusiones políticas. Mientras que las grandes corporaciones consideran el espectro electromagnético como una mina de oro, y acompañan de cerca e inciden en las políticas públicas y el desarrollo de patrones tecnológicos que utilizan este recurso, la gestión del espectro sigue sin tener una visibilidad suficiente para el resto de la sociedad. Y desafortunadamente, esto es así también en el caso de la sociedad civil organizada que se moviliza por la democratización de la comunicación, la libertad de prensa y la "internet libre". 

Al igual que otros recursos comunes, el espectro electromagnético sufrió históricamente un proceso progresivo de cercenamiento y apropiación privada. Actualmente existe la posibilidad de cambiar este panorama, pero esto pasa en gran medida por una nueva comprensión sobre qué es el espectro y cómo lo utilizamos, más allá de una mayor participación de la sociedad civil en los debates y las decisiones sobre el tema, ya que en la actualidad esta se encuentra limitada al mero papel de público consumidor pasivo. En este sentido, este artículo explora las diferencias entre las nociones de “espectro abierto” y “espectro libre”, con el fin de abordar algunos temas que involucran la regulación de este recurso y la libertad de expresión en el siglo XXI. 

El regreso a la radio

Pensar el espectro como parte del commons o procomún no es una idea nueva. Como precursor de la radio, el telégrafo sin hilos ya era considerado una tecnología peer-to-peer. En su origen, el espectro radiofónico fue un medio de comunicación predominantemente horizontal y basado en la autogestión. La radio no era usada como altoparlante para la voz de unos pocos, sino como un canal de comunicación entre pares, como bien saben los radioaficionados. O sea, el hecho de que el sentido común perciba la radio como un aparato de recepción pasiva se debe menos a una limitación técnica que a un direccionamiento sociopolítico.

De hecho, algunos relatos muestran que la transición al modelo que conocemos no se dio sin roces. En la Alemania de los años 30 del siglo XX, Bertolt Brecht señaló que la radio padecía una especie de atrofia de su función social, cuando se la transformaba en un mero receptor de la voz de unos pocos emisores. En el mismo período en los Estados Unidos, señala Lawrence Lessig, cuando se inició el proceso de división del espectro radiofónico para uso comercial, hubo incluso un rechazo masivo y sostenido de la población al nuevo modelo. Con el correr del tiempo, sin embargo, el abordaje eminentemente comercial del espectro radiofónico fue asimilado y naturalizado. Por otro lado, todavía hoy la ocupación del espectro radiofónico por medio de la autogestión para fines no comerciales y preservada en la práctica por diversos actores, como los radioaficionados, los movimientos por radios libres y algunas radios comunitarias, entre otros.

El monopolio estatal sobre el espectro electromagnético se fundamentó sobre todo en el problema técnico de la interferencia, es decir, la degradación de la comunicación que suele ocurrir cuando varios emisores operan simultáneamente en la misma frecuencia en áreas cercanas entre sí. Existen diversas formas de lidiar con esto. Los radioaficionados implementaron protocolos sociales simples y eficaces, como la regla “escuche antes de hablar”, que actualmente están incorporados como protocolos técnicos para los dispositivos inalámbricos. La solución adoptada de manera predominante por los estados, ya en el siglo XX, fue emplear el monopolio de la fuerza para garantizar otro monopolio, el de las emisiones de radio realizadas en sus territorios.

El espectro como territorio

Obviamente, el monopolio estatal sobre el uso del espectro garantizó a los gobernantes y parlamentarios el control sobre un activo de extremo valor en el siglo XX. Aquí, el espectro es concebido como un vasto terreno a ser colonizado. Durante el siglo pasado, este terreno ubicuo fue cuadriculado, parcelado y distribuido por los gobernantes. De una vez por todas, estas fronteras artificiales evitaron los problemas técnicos relacionados con la interferencia, e incluso garantizaron a los gobernantes un recurso político extremadamente valioso. 

En este paradigma forjado a lo largo del siglo XX, el estado, como si arrendara un terreno, arrienda el espectro para que grupos económicos privados ofrezcan servicios a los consumidores. Hoy tenemos por lo menos dos grandes grupos de jugadores que disputan por este terreno o, en otras palabras, que actúan según las dinámicas de apropiación privada del espectro electromagnético. 

Las diferencias fundamentales entre estos dos grupos se hallan no sólo en sus objetivos, sino también en la forma de acceso al espectro y su uso. Entender las dinámicas internas de alianzas y conflicto en estos grupos económicos es fundamental para la elaboración de estrategias de uso del espectro como un bien común.

La primera manera que encontró el estado para administrar el espectro útil para las telecomunicaciones fueron las concesiones. Básicamente, por medio de criterios arbitrarios, los gobernantes conceden autorizaciones a sectores empresariales cercanos, en un proceso inseparable de la formación de la llamada "opinión pública” y del papel de los medios de comunicación masivos en la conservación del statu quo durante el siglo XX. 

Estas empresas privadas, detentoras del control de las concesiones de radio y TV durante la mayor parte del siglo pasado, fueron protagonistas de la mercantilización del espectro electromagnético, y expandieron su imperio subarrendando intervalos de utilización de este recurso a los anunciantes. En muchos países, este primer grupo es fácilmente identificable en los oligopolios locales constituidos por pocas empresas que concentran regionalmente las licencias de operación para canales de televisión y radios. La situación se vuelve todavía más grave en países donde la televisión y las radios públicas están debilitadas o son incluso inexistentes.

Este oligopolio en el que unas pocas empresas detentan las concesiones de radio y televisión es el jugador más antiguo en las disputas que involucran la gestión del espectro electromagnético. En muchos países, sus conexiones con el sistema político legislativo son, en muchos casos, explícitas, e involucran oligarquías locales y federales y élites políticas que controlan indirecta o directamente las emisoras y retransmisoras de radio y televisión en sus estados. 

Sin embargo, a fines del siglo pasado, impulsado por la popularización de los teléfonos móviles surge un nuevo grupo que explora el espectro para la comunicación interpersonal y ya no para transmisiones broadcast, tales como las de radio y televisión. En la práctica, las telecoms ya no arriendan el espectro ya a anunciantes, sino directamente a personas y empresas que lo necesitan para recibir y enviar informaciones. Este modelo de negocio está basado en una especie de subconcesión del espectro, que se hace directamente a los usuarios y es controlada por microcréditos entre los “clientes” y las operadoras.

En general, hoy día las empresas de telecomunicaciones acceden a sus franjas de espectro por medio de otros mecanismos de asignación gubernamental: las subastas. El criterio deja de ser principalmente político para volverse económico. Quien paga, gana. Y los precios astronómicos de estas negociaciones convierten estas subastas en un juego para pocos jugadores. 

A pesar de sus diferencias, los dos modelos parten de la premisa del uso exclusivo, donde las personas y las empresas crean una relación de propiedad privada con fajas de frecuencia, así como un hacendado es dueño de su terreno. 

Aquí también vemos la gran concentración económica en pocos grupos privados. Sin embargo, si en las transmisiones de radio y televisión contamos con las experiencias históricas de canales de televisión y radios libres o comunitarias, en las telecomunicaciones por celular tenemos pocos y recientes registros de experiencias de usos independientes con protagonismo de la sociedad civil en la gestión de estos servicios.

Espectro no-licenciado

Ese modelo de uso exclusivo del espectro de radio fue parcialmente revisado a fines del siglo XX. En aquellas franjas del espectro que eran consideradas de poco valor para las telecomunicaciones, por sus características de propagación, se autorizó el uso “no licenciado”, teniendo en vista fines médicos, científicos e industriales. Esto fue apenas una pequeña brecha que se abrió en la regulación, y que permitió a las personas hacer un uso común y autorregulado del espectro. Pero fue suficiente para provocar la avalancha de innovaciones que conocemos bien.

Esa franja se conoció con la etiqueta “bandas ISM” (industrial, científica y médica, por sus siglas en inglés) y sirvió de base para tecnologías que hoy son ampliamente utilizadas, como el teléfono inalámbrico, el Bluetooth, las redes Wi-Fi, el horno de microondas, los aparatos auditivos y muchos otros. Con variaciones en los distintos lugares del mundo, las bandas ISM generalmente incluyen las frecuencias próximas a 2,4 y 5 GHz. 

Sabemos que no es necesario pedir ninguna autorización al gobierno para conectarnos a un Wi-Fi o intercambiar fotos a través de Bluetooth. También sabemos que el riesgo de leer accidentalmente los emails de otra persona, sólo por el hecho de estar compartiendo una red inalámbrica con ella, es nulo. Sabemos que diversas redes Wi-Fi pueden cohabitar en la misma frecuencia, y los dispositivos que transmiten en esta frecuencia son lo suficientemente “inteligentes” para distinguir las señales. En la práctica, las personas entienden algunos de los principios y efectos que están por detrás de las nuevas tecnologías de transmisión a través de radio, “radio cognitiva” o radio definida por software.

Sin embargo, mientras que en las comunicaciones por Wi-Fi utilizamos sólo una estrecha banda de frecuencia para pequeñas distancias, faja previamente limitada por el hardware y designada por las autoridades gubernamentales, la radio definida por software y las nuevas tecnologías de transmisión espectral amplían dichas posibilidades, puesto que ofrecen nuevas salidas del problema técnico de la interferencia, que fundamenta el modelo de gestión del espectro basado en el uso exclusivo. Si bien era convincente un siglo atrás, el argumento a favor de la “licencia previa” como modelo regulatorio para el espectro (sea por medio de concesiones o mediante subastas) ya resulta extremadamente cuestionable.

Relevar de la obtención de licencia previa para el uso de ciertas fajas del espectro no equivale a decir que el estado se desprendió de su actividad reguladora. Sin embargo, sí implica, en un nuevo modelo de control regulatorio, que deja de basarse en el uso exclusivo y pasa a aceptar la interferencia como factor constitutivo de las comunicaciones a través de radio, en lugar de buscar evitar la interferencia creando una escasez artificial. Es decir, la interferencia no debe ser evitada mediante el uso exclusivo, sino que debe ser controlada a través de técnicas de coexistencia.

En otras palabras, la incapacidad de varios transmisores de usar la misma frecuencia en el mismo espacio no es un hecho natural inevitable, sino que se desprende de la adopción del modelo de uso exclusivo del espectro, que pretende evitar la interferencia de la manera menos “eficiente” y democrática posible. En el caso del espectro no-licenciado, la regulación incide sobre los objetos técnicos, como los transceptores de radio. Al definir especificaciones básicas de funcionamiento, la legislación garantiza que cualquier dispositivo homologado por la agencia reguladora puede funcionar en determinadas bandas del espectro sin que sea necesario obtener un permiso. Algunas de esas especificaciones determinan la potencia de emisión de la señal, o fijan patrones para la modulación digital de los datos.

Espectro abierto 

Las posibilidades económicas y las nuevas “oportunidades de negocio” generadas por este nuevo modelo no pasaron desapercibidas para los economistas liberales, los tecno-utópicos y una cierta corriente de pensamiento sobre el espectro à la “ideología californiana”.

El profesor de economía y finanzas de la Universidad de Columbia Eli Noam predijo en 1995 que “no pasará mucho tiempo, hablando históricamente, antes de que las subastas de espectro se vuelvan tecnológicamente obsoletas, económicamente ineficientes y legalmente inconstitucionales”. Defensor de la propuesta del espectro abierto, Noam ironizaba sobre la venta de derechos de propriedad del espectro. “Podría el estado vender el derecho al color rojo, si su uso no entra en colisión con otros? Imagine al gobierno subastando – por razones de políticas públicas – el derecho a viajar a Los Angeles para prevenir la sobrepoblación, o de imprimir libros para proteger los bosques”.

De esta manera, propone que sea dado el “siguiente paso” rumbo a una “alternativa de libre mercado” concebida por los investigadores como “espectro abierto”. Según él, la política de subastas tiende a conformar una estructura de mercado oligopólica; de otro modo, sería más ventajoso para el estado y para el mercado, otorgar la concesión de uso del espectro de acuerdo con la demanda, de tal modo que los precios fueran controlados de forma algorítmica a partir del nivel de disponibilidad de las bandas deseadas.

En un sentido semejante, David Reed denuncia la naturalización de la metáfora del espectro como un terreno, donde la repartición estatal es necesaria para evitar la colisión de uso (interferencia). Al criticar este abordaje, Reed cita estudios y proyectos de investigación diametralmente opuestos que demuestran que la capacidad del espectro puede aumentar de acuerdo con la cantidad de usuarios, en el caso de que se adopten modelos de redes cooperativas. George Gilder afirma que estas posibilidades de transmisión via radio ya están previstas en la teoría de la información de Claude Shannon, elaborada en la década de 1940. 

Acerca de este nuevo régimen para las telecomunicaciones, que no considera al espectro a partir del paradigma de la escasez, Reed afirma:

“No sabemos cuál será la ‘mejor’ arquitectura cooperativa. [...] Entonces, cualquier nuevo régimen debe alentar también la innovación en nuevas arquitecturas [...] Creo que hoy llegó el momento de mirar hacia atrás, a los primeros días de internet, en busca de inspiración. Cuando surgió el Protocolo de Internet (hoy llamado IPv4 [o IPv6]), nosotros no sabíamos qué tecnología sería mejor construir para las redes. Hoy estamos usando tecnologías que nunca fueron imaginadas a fines de los años 1970, y aun así ese protocolo continúa siendo el núcleo de internet. […] Necesitamos un régimen que permita que las redes de radiofrecuencia interoperen y puedan cooperar en el uso del espectro de forma abierta y experimental, como lo hizo internet.”

Espectro Libre

Proponemos que la noción de espectro libre sea puesta en relación con la concepción más radical de espectro abierto, en el sentido de que coloca sobre los intereses comerciales los derechos a la comunicación, información y libertad de expresión. El acceso al espectro electromagnético es un requisito necesario para la concreción de esos derechos; además, su interdicción no puede seguir estando basada en la interferencia como impedimento natural para la coexistencia, y mucho menos en el argumento de la “tragedia de los comunes”. Técnicas para compartir el espectro, basadas en radio cognitiva, y las posibilidades abiertas por la radio definida por software (SDR) desmantelan el principio de la escasez espectral. El espectro libre pretende afirmar la abundancia espectral y la posibilidad de coexistencia en el espectro, que puede ser instaurada a partir de la definición de principios operatorios básicos que posibiliten la ocupación equitativa del espectro.

Como hemos visto, la idea de ejercer la libertad de comunicación e información a través del espectro electromagnético no es exactamente una idea nueva. Si el espectro libre no existe en términos regulatorios, eso no significa que no se actualice en iniciativas de comunicación que ocupan el espectro libremente y, así hagan que el espectro sea liberado (localmente, circunstancialmente) de las constricciones de uso y ocupación que inciden en él, de las normas de concesión, del poder estatal y del poder económico. Son estas iniciativas que hacen valer el artículo 19 de la Declaración universal de los derechos humanos, y que multiplican la capacidad de “hablar”, de emitir y recibir señales a través del espectro.

Comentando sobre los defensores de la noción de “espectro abierto” (open spectrum) y “espectro libre” (free spectrum), tomados como conceptos equivalentes, Lawrence Lessig afirma que existen entre ellos objetivos bien diferentes, aunque unidos por “la creencia de que el espectro debe ser administrado de forma diferente”. Lessig señala una corriente de investigadores – que van de Dave Hughes a Paul Baran, pasando por David Reed y George Gilder – defensores de la idea de “que es más probable que no, que el espectro, usado correctamente, sería, en esencia, ilimitado”.

Pese a que en general son tomadas como nociones equivalentes, conviene resaltar algunos matices posibles entre las nociones de “espectro libre” y “espectro abierto”, en la misma línea de la discusión clásica sobre "software libre" y "código abierto". Excepto algunas raras excepciones, como el uso que hace Aaron Swartz, que es más cercano a la noción de “espectro libre.”

En un breve y brillante texto publicado en 2003, Swartz usó la idea de "espectro abierto" al proponer la creación de una radio-internet libre, una gran red en malla (mesh) que conectara puntos vecinos: “En internet uno no necesita el permiso de nadie para hablar, sólo se necesita una conexión a internet. Lo mismo vale para la internet en radio, alcanza con que se comience a enviar mensajes a los vecinos, y ellos toman la delantera”.

Swartz defendía que la FCC interrumpiera todo proceso de privatización del espectro para uso exclusivo. Según él, por el contrario, es necesario incentivar investigaciones sobre el uso eficiente y compartido del espectro electromagnético. “Necesitamos definir las herramientas para una internet cooperativa en radio (cooperative radio Internet). Así como el Protocolo de Internet (IP) agregó varias redes para formar la internet, necesitamos herramientas similares para agregar las varias bandas de espectro en una internet en radio”.

Queda clara la distancia de esta propuesta de Swartz y la de automatización de la subconcesión del espectro, a través de pagos en cuotas, elaborada por Eli Noam. Ambas se encuentran bajo el paraguas del “espectro abierto”. O sea, mientras que la noción de "espectro abierto" puede ser usada para ampliar los poderes de unos pocos en nombre de la libertad de mercado, el "espectro libre" proporciona una vía directa para pensar el espectro a través de la libertad de expresión en el siglo XX. 

Durante el debate “Espectro, Sociedad y Comunicación”, realizado en 2013, el especialista en informática Silvio Rhatto destacó la distinción entre “espectro abierto” y “espectro libre” de la siguiente manera: “El espectro abierto, en una concepción técnica, prevé una radio cognitiva, es decir, una radio lo suficientemente experta como para encontrar las mejores frecuencias de transmisión y para identificar otras radios que están transmitiendo. Eso es un aspecto técnico, pero si se lleva el principio del espectro abierto a su límite en términos de mercado, lo que tendremos es este “uso racional, eficiente y automático de las concesiones”. 

Obviamente, gigantes como Google, Amazon, Facebook, Apple o Netflix ven con simpatía la idea de flexibilizar las reglas de uso del espectro, con el fin de conectar a mil millones de personas más y así ver acrecentarse todavía más su base de consumidores. Asimismo, en el debate sobre el espectro abierto, se observa también el discurso del no-licenciamiento del mercado como oportunidad de negocios para llegar a nuevos consumidores (“conectar a los desconectados”). 

Una cosa queda clara: al final, para las grandes empresas de telecomunicaciones y tecnología, la liberación del espectro sin licencias establecidas previamente es también una increíble oportunidad para sus negocios. En vez de pagar al estado miles de millones en subastas, esas corporaciones podrían acceder al espectro gratuitamente, incluso en nombre de un bien común, para continuar vendiendo servicios a los usuarios. Por eso, no es raro ver la participación activa de pensadores liberales y de grandes empresas de tecnología en los debates sobre espectro abierto. 

En general, los defensores del espectro abierto buscan muchas veces la convergencia de todas las telecomunicaciones hacia las infraestructuras actuales de internet, sin hacer una apropiada lectura crítica de los riesgos, la concentración de poder y la vigilancia relacionados con internet, más allá de menospreciar la importancia de las redes locales, las radios y las televisoras, concibiéndolos como medios fatalmente destinados a ser fagocitados por internet. Menos preocupados con el surgimiento de nuevos modelos de negocio y más con la comunicación como derecho fundamental de todos y todas, los defensores del espectro libre conciben el espectro como un bien común que debe ser accesible independientemente de la clase económica. En vez de menospreciar la experiencia de las radios y las televisoras libres, locales o comunitarias, el movimiento por el espectro libre encuentra allí las raíces de su práctica histórica, así como en el movimiento por el software libre. En vez de adoptar un discurso acrítico de “inclusión digital”, el espectro libre podría ser una noción clave para poner a andar estaciones de telefonía móvil locales (GSM por sus siglas en inglés), radio digital, televisoras, infraestructura Wi-Fi comunitaria y otros usos del espectro, como las soluciones en altas frecuencias para áreas rurales.

El espectro debería ser considerado un recurso común disponible para las iniciativas sin fines de lucro, y no sólo para conectarnos a internet, como lo entendemos hoy día. En este sentido, el hacktivista Daniel Pádua lanzó una provocación seminal en julio de 2002, en los primeros tiempos de Metareciclagem, una red brasileña bastante activa en la primera década del siglo, volcada a la apropiación de tecnologías libres. Pádua propuso la creación de una red local inalámbrica, independiente de internet, “usando placas Wi-Fi de segunda mano, antenas repetidoras hechas con latas de papas Pringles y computadores reciclados que corrieran software libre, para usarlos como puntos de acceso en escuelas públicas y asociaciones comunitarias. 

“Crear un ‘backbone de basura’ usando Wi-Fi alcanza para por lo menos conectarse con sus amigos del otro extremo de la ciudad. Porque la apuesta no es la internet, sino la creación de una red local”, comentaba Pádua. 

Desafíos futuros

Al igual que internet, las tecnologías que comparten el espectro también proceden de investigaciones militares. La agencia militar responsable de las soluciones en tecnología de la información para el ejército y los escalafones altos del gobierno, la Agencia de los Sistemas de Información para la Defensa (DISA - Defense Information Systems Agency) mantiene un “centro de excelencia” para la administración del espectro, conocido como Organización para la Defensa del Espectro (Defense Spectrum Organization - DSO), responsable de la identificación, el monitoreo y la validación de tecnologías de espectro emergentes, que puedan ser un beneficio o una amenaza para los acessos del Departamento de Defensa de EEUU al espectro electromagnético.

Como parte de un acuerdo con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la DISA creó el Formato Estándar para el Recurso del Espectro (Standard Spectrum Resource Format - SSRF), un patrón para facilitar la interoperabilidad de tecnologías en diferentes frecuencias. El SSRF fue desarrollado en colaboración con el Wireless Innovation Forum (Foro de la Innovación en comunicación Inalámbrica), entidad integrada por organismos gubernamentales, asociaciones industriales y empresas como Google, Nokia, Ericsson, Huawei, Qualcomm, entre otras. Si bien no es posible prever el impacto a largo plazo que la primacía de inversiones militares tendrá sobre las comunicaciones inalámbricas, es más que evidente la enorme asimetría de saber y poder sobre el espectro, que separa la sociedad civil y sus representantes de las decisiones cruciales sobre cómo se administrará el espectro en el siglo XXI.

Por otro lado, grupos cooperativos que implementan infraestructuras basadas en redes mesh, redes locales, radios libres, operadoras comunitarias de telefonía móvil, radioaficionados y otras iniciativas ya están traduciendo estas ideas en la práctica, enfrentando el proceso de privatización y la escasez artificial creada por los oligopolios corporativos y estatales. Esto demuestra que no es necesario esperar a una consolidación institucional de la propuesta del “espectro libre” para que esto se convierta en realidad. Al contrario. La ocupación del espectro por parte de iniciativas independientes es importante incluso para crear estos nuevos marcos regulatorios. 

Así, pensar el “espectro libre” no es un retorno a los primeros años de la radio, cuando había una desregulación total de todas las franjas de frecuencia. No se trata de desregular, sino de constituir un modo complementario al sistema actual – otra reglamentación, que reconozca el espectro como un bien común a preservar. En vez de volver al pasado, se trata precisamente de mirar hacia un futuro – que ya es presente y familiar para la mayoría de las personas. Diversas tecnologías ampliamente difundidas sólo fueron posibles con la liberación de determinadas frecuencias para uso sin licencia: las personas ya están acostumbradas a utilizarlas.

En el siglo XXI la libertad de expresión pasa – y pasará cada vez más – por el derecho al uso del espectro electromagnético para las telecomunicaciones. Los controladores de la infraestructura física y lógica por las cuales transitan nuestras informaciones concentran poder en una escala sin precedentes – y recién estamos apenas comenzando a entender los impactos políticos y sociales de esto. El espectro es abundante y barato. Si es usado de forma eficiente, tiene el potencial para romper con esta tendencia de concentración de poder, en lo que respecta a la infraestructura física de las telecomunicaciones. 

En este sentido, es importante garantizar franjas para usos sin fines de lucro en todas las bandas del espectro de las telecomunicaciones, incluso implementando medidas que garanticen que este espacio no sea dominado por las empresas. Esto permitiría el surgimiento de más operadores de telefonía móvil de base comunitaria, más proveedores de internet y redes locales administradas por asociaciones de pobladores, televisoras y radios libres y comunitarias – o nuevos protocolos por venir. Un horizonte más democrático en la regulación del espectro produciría no sólo más innovación, sino también una saludable descentralización. Concebir el espectro como parte del procomún es una etapa fundamental para garantizar la libertad de expresión en el siglo XXI.