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Comencé a escribir este texto desde la mesa de cocina de un convento ubicado en territorio indígena autónomo en Colombia, donde mantuve conversaciones salpicadas en el poco español que conozco con tres monjas y, en esa misma mesa, intercambiamos risas y conversaciones una noche mientras esperábamos que vuelva la luz. 

Dos niñas ayudan a la mayor de las monjas a hacer las tareas de sobremesa y las previas a la cena. La monja más mayor me pide que le escriba mi número así podemos seguir en contacto cuando me vaya.  Me recuerda a mi abuela, que desde que aprendí a leer y escribir siempre me pedía que le anote números de teléfono en su libreta azul. Recién cuando tuve edad suficiente como para preguntarle por qué me pedía que le leyera cosas, supe que mi abuela, por  ser la mayor de ocho hermanos y hermanas tuvo que trabajar la tierra junto con sus padres y no tuvo oportunidad de ir a la escuela. Ya a esa temprana edad aprendí que la comunicación y la alfabetización estaban entremezcladas con el patriarcado. Le enseñé a mi abuela a escribir su nombre y a lo largo de los años ella me transmitió su vasto conocimiento sobre rituales, la tierra, el alimento como medicina y el espacio-tiempo. 

También me mostró que alfabetización no es indicador de conocimiento y que la educación puede ocurrir en forma de ritual. La relación que mi abuela y yo cultivamos a lo largo de los años forjó un lazo muy fuerte entre nosotras.

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